La riqueza más valiosa en la leyenda de los tres Reyes Magos (o sabios, en algunas traducciones recientes de la Biblia), reside en lo que atesora de simbólico. Procede recordar a Josep Campbell: “uno de los grandes errores de muchos intérpretes de los símbolos religiosos es considerarlos no como referencias a misterios del espíritu humano, sino a escenas de mundanas y ultramundanas y a acontecimientos históricos reales o imaginados”.
Tres imágenes distintas de los Tres Magos: un capitel de la Catedral de Autun (Francia) obra del maestro Gislebertus a principios del XII, un detalle del frontal del altar de la iglesia de Santa Maria de Mosoll (Catalunya) obra anónima del Taller de la Seu d’Urgell, circa 1200 y, por último, un detalle del mosaico de uno de los frisos de San Apolinar el Nuevo en Rávena (Italia), circa 540.
No hay Mago negro o libio, porque este asunto más que de pieles refiere a potencias: oro, incienso y mirra. De los tres Magos uno es lampiño. Comparten lecho porque son indisociables. La estrella de ocho puntas es una representación de la diosa madre conocida, entre otros nombres, por Inanna, Ishtar, Astarté, Afrodita o Isis.
