El cuadro es genial y subversivo. En apariencia, los dos curas echan un pitillo a resguardo en la sacristía en amigable charla entre colegas. La luz y el humo de esa primera calada, con la lumbre todavía en la mano, son tan reales que a un ex-fumador le provoca serios problemas de reafirmación. Una deliciosa escena costumbrista. Esa es la parte genial.
Pero —en los ‘peros’ suele residir lo más jugoso—, atendiendo a la profesión de los fumadores, esta es la parte subversiva: en la sacristía está prohibido fumar, como indica el cartel borroso —¡Ay, Sorolla!— a la derecha de la escena.
Y por si fuera poco, comenten el delito a los ojos del crucifijo que preside la escena.
