Diógenes de Sinope era una persona especial. Cuenta una leyenda —con el aspecto de ser rotundamente falsa— que en uno de sus viajes fue capturado por los piratas y vendido como esclavo. Preguntado por sus habilidades, respondió: «Lo mío es mandar. Mira si alguien quiere comprar un amo».

Se desconoce si con esos fines, pero el hecho es que fue «adquirido» por un señor de Corinto y se cuenta que pasó el resto de sus días allí predicando el autocontrol —muy necesario en Corinto que, por lo que sabemos, era lo más parecidio a Las Vegas del Mediterráneo.

A pesar de ser conocida en la actualidad la figura de Diógenes por vivir en una barrica —las fuentes se contradicen respecto a si lo de la tinaja era en su etapa ateniense o en su época posterior corintiana. Mi opinión, absolutamente profana y después de leer a Dostoievski, es que la gente suele terminar más facilmente en barricas en los lugares en dónde reina la vida disoluta—; es más interesante su actividad ateniense. En esa etapa se paseaba con una lámpara encendida, y cuando se le preguntaba por el sentido respondía: «busco a un hombre honesto».

La cuestión es: ¿Por qué parecía que buscase un imposible en Atenas y, en cambio, en su época posterior de Corinto abandonó esa práctica? ¿Acaso Diógenes encontró finalmente la honestidad en los reinos de Afrodita? Al fin y al cabo la honestidad tiene que ver con la concordancia entre la teoría y la práctica en cuestiones de moral. La ausencia de hipocresía, vaya.

 

[Caesar van Everdingen. Diógenes buscando un hombre honesto. Retrato historiado de la familia Steyn (1652)]