Esta Betsabé es extraordinaria. El suceso ocurre en aquella hora del día en que la luz se muestra impotente para invocar a su hermana la sombra. Momentos liminares en los que pueden suceder todo tipo de prodigios, según cuentan las tradiciones.
Avanzado sobre el balaustre, el Rey David contempla con gesto asombrado la belleza de Betsabé que, en todo su esplendor, atiende con mimo el cuidado de su piel nacarada con la ayuda de una esponja bajo la atenta mirada de su sirvienta. Jerusalén a sus pies. El mundo entero, distante, sereno y ausente, a sus pies.
Lo que ocurrió a continuación es conocido. David enloqueció de pasión como un Miura a las puertas del toril y ordenó traer a su estancia a Betsabé. Tupido velo. Betsabé quedó embarazada. David ordenó matar al marido de Betsabé, al parecer un hombre de honor, lo que originó el hartazgo de Yahvé, harto de las fechorías de «su» David. Un detalle más que añadir: David y Betsabé tuvieron otro hijo que se haría famoso con el tiempo, Salomón.
Jean-Léon Gérôme imagina una Betsabé de piel de alabastro, mientras que la amada ideal de Salomón, en su Cantar, es morena como el azabache. Parece que ni en esto se parecía el hijo al padre.
